El adiós a la meritocracia en Venezuela

***RICARDO GIL OTAIZA. El resquebrajamiento de los derechos adquiridos trae consigo un panorama de conflicto que se abre desde ya como una gran compuerta***

Aquí, en el despacho en donde suelo escribir, no salgo de mi asombro frente a un hecho que podría significar el quiebre definitivo de la Universidad venezolana: la unificación de sueldos y salarios a todos los miembros del personal. Es decir, la pérdida de la meritocracia. El hacer tabula rasa en esta materia es equivalente a decir, que dentro de una institución académica “vale” lo mismo ser un profesor titular con formación doctoral, postdoctoral y con productos (libros, capítulos de libros, artículos científicos, patentes, proyectos, tutorías, congresos y asesorías), que quien no lo es y, por ende, se halla en el inicio del escalafón. El de mayor jerarquía académica igualado por abajo.

El hecho es grave por donde se le mire, ya que desdibuja lo que precisamente es la esencia de una institución de este orden: la generación de conocimiento, y a la que se llega precisamente por méritos (concursos de oposición o de credenciales), y cuya prosecución se hace también con enorme esfuerzo y similares recursos (ascensos, trabajos y experticias).

Estamos frente a una situación de quiebre de carácter filosófico (ontológico, ético, gnoseológico, teleológico…), que más temprano que tarde dará al traste con la educación universitaria y con todo lo que ella implica: la generación de conocimiento y la formación de los cuadros de relevo que requiere el país para salir adelante en medio de la complejidad global. Con una decisión tan desacertada, que violenta todo lo que en materia laboral se había alcanzado a lo largo de las luchas gremiales, se condena a la nación a una oscurana, que retrotraerá a las actuales generaciones a episodios olvidados, cuando en este país campeaba la ignorancia, la inocencia ancestral, la ausencia de cátedra y el desconocimiento en todos los órdenes de la vida.

Si ya en el primer semestre vimos un alto índice de deserción de personal técnico y profesional, de profesores y de estudiantes en todas las instituciones, con la aplicación de un sueldo mínimo para todos a partir de septiembre, el impacto se hace catastrófico y el desmantelamiento institucional se observa en lo inmediato, porque los universitarios han perdido el incentivo laboral para hacer vida académica y sienten que ya no vale la pena estudiar, formarse, ascender y alcanzar altos niveles intelectuales y profesionales.

Cuando el desempeño en un cargo que no requiere mayor formación trae una compensación igual al de cargos académicos que sí la requieren, por razones obvias el desestimulo es un indicador peligroso, porque atenta contra la formación de cuadros de relevo que tomen en sus manos el destino universitario. Eso sin contar con el presupuesto de miseria, con la depreciación de la vida de la gran familia universitaria, y con el inmenso nubarrón que se cierne sobre nuestros muchachos, que no hallarán en las aulas universitarias espacios que les permitan alcanzar sus sueños.

En las reuniones sostenidas por los gremios universitarios con los representantes gubernamentales, se ha sacado algo en claro: que no se restituirá el derecho adquirido de los 4,75 salarios mínimos para el arranque de las tablas salariales. Se les ha planteado que todo esto forma parte de una primera etapa de tres meses, y que queda abierta la conformación de mesas de trabajo para la discusión. Como se comprenderá, las noticias no son prometedoras, máxime cuando en nuestro país lo temporal se hace eterno, y lo eterno se ralentiza a conveniencia de quien detenta el poder. El resquebrajamiento de los derechos adquiridos trae consigo un panorama de conflicto que se abre desde ya como una gran compuerta. Ricardo Gil Otaiza (Con información de El Universal)

@GilOtaiza
rigilo99@hotmail.com

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